jueves, 8 de julio de 2010

Mis hermanos. Perdone la tardanza, y también disculpe que lo haya hecho el doble de largo de lo que pidió.

Hermanos…creo que muy pocos están exentos de padecer esas pequeñas molestias que suelen causar los hermanos. Yo, por fortuna, solo tengo una, que para mi ventaja, es menor que yo. Recuerdo que cuando me enteré de que en mi familia habría un nuevo integrante, lo primero que pensé fue: "¡genial!, ya no estaré sola!", y es que los primeros cinco años de mi vida fui hija única, y al tener un padre trabajando casi todo el día, y una madre que sólo parecía tener tiempo para el quehacer doméstico, me aburría fácilmente jugando o haciendo lo que las niñas de preescolar comunes y corrientes hacían en aquellos tiempos: garabatear en los cuadernos, mirar "La hora de los chavos" en la televisión, jugar al "Estilista" con las muñecas de trapo o, en el mejor de los casos, inventar un cuento de princesas, brujas y muertos con las Barbies, que casi siempre terminaban descabezadas.

            Toda esa rutina me parecía tan tediosa sin compañía, que casi besé el suelo cuando supe las buenas nuevas. La noticia me agradó tanto, que ya hasta había decidido el nombre; si se trataba de una niña, yo quería que se llamara Fernanda, aunque algo me decía que iba a nacer un varón (tal vez mi instinto pesimista, que desde entonces ha sido mi más leal compañero). También recuerdo que a cada rato fastidiaba a mi mamá con la misma pregunta: "¿y cuando va a llegar el bebé?", y la respuesta siempre fue: "ya mero, hija, ya mero".

            Las últimas semanas de embarazo, mamá y papá decidieron contratar a una muchacha llamada Paula que resultó ser una pueblerina traída desde Guerrero que contaba con catorce años de edad; yo no sabía mucho de ella, a pesar de que era para mí una especie de nana, pero por motivos desconocidos, me agradaba su compañía, aunque nuestra relación no era muy buena: a mi me encantaba molestarla, y al parecer el sentimiento era mutuo.

            Hubo ocasiones en las que llegué a pensar que mis padres la querían más a ella que a mí, porque, independientemente de quién hiciera enojar a quién, ellos siempre abogaban por ella: "que déjala en paz", "que no la molestes", "Paula, no le hagas caso", "Nikte, no seas grosera", y ella, como es obvio, se salía siempre con la suya, y eso lo único que lograba era que me dieran más ganas de fastidiarla y así las cosas volvían a repetirse: era un eterno círculo vicioso.

            Pero volvamos a lo del bebé: los días previos a su tan esperado nacimiento, yo tuve que pasarlos en la casa de uno de mis tíos paternos, el cual tenía ya cuatro hijos grandes que me trataban como a su mascota: bueno, con decirles que a su perro Rottweiller llamado Sheriff lo trataban mejor. No supe cómo, pero el chiste es que mi tía –la mujer de mi tío –logró convencerme de ir con toda su familia (incluyendo su desagradable madre y su estúpido hermano) a Acapulco, y precisamente por esta razón, no pude ser de las primeras afortunadas en ver a aquella criatura recién nacida. Ese es un hecho que hasta la fecha lamento, pues además de haberme perdido lo mejor del momento, el viaje resultó ser una pesadilla que me dejó traumas que hasta la fecha no he podido superar; sin mencionar que desde entonces aborrezco Acapulco.

            Después de tan catastrófico viaje, por fin llegué a mi casa, en la cual ya estaban mi mamá, Paula, el bebé (que resultó ser niña), y algunos obsequios de Navidad que yo no había podido desenvolver porque estaba en el "fantástico" Acapulco. Lo primero que hice fue dirigirme a la cuna de la bebé, y fue cuando la vi por primera vez; he de admitir que su aspecto no me agradó del todo: para empezar estaba dormida, y no pude ver sus ojos (más tarde me enteraría de que eran de un color entre verde y gris, muy bonitos); su cabello estaba alborotado y su piel muy colorada, como si hubiera salido de una cámara de bronceado y no de un vientre materno. Mis padres decidieron ponerle Kaxantah, un nombre que no sólo era más extraño que el mío, sino que además estaba muy lejos de parecerse a Fernanda; poco después me di cuenta de que Fernanda era en realidad un nombre muy soso.

            Por esas fechas, mis padres corrieron a Paula, la cual antes de irse me regaló un pollito de peluche color rosa pastel que hasta la fecha conservo; fue ahía cuando descubrí que nuestra relación no había sido de todo mala, pero también descubrí que en realidad mis padres no la querían tanto como yo pensé; de hecho, en cuanto puso un pie fuera de la casa, oí que mis progenitores hablaban del insoportable olor de sus patas y de las misteriosas llamadas al futbolista Jorge Campos que ni él, ni mi madre, ni mucho menos yo, habíamos llevado a cabo. Esto sonará mal, pero enterarme de esas cosas me causaron un gran alivio.

            Pero no nos salgamos del tema, estaba hablándoles de MI HERMANA. Pues verán, los primeros años de su existencia, no pude evitar sentir celos, ya que ahora tenía que compartir a mis padres y eso no me gustaba en lo más mínimo. Además, no sólo eran mis padres, sino todo lo que yo poseía, y eso va muy en contra de mi comportamiento envidioso y egoísta. Por si esto fuera poco, las cosas que a ella le ocurrían terminaban afectándome a mí: si ella vomitaba en el taxi porque no había comido bien, su vómito invariablemente caía sobre mis vestidos, y en las fechas más especiales: ceremonias de clausura, bailes y una ocasión, casi me ensucia un vestido que me pondría para una boda. Sin mencionar que casi siempre, ella es la buena y yo la mala; esa comparación ahora me gusta, pero antes no era así.

Sin embargo, aunque muchos de mis corajes los he hecho por su causa, he de admitir que no me arrepiento de desear que naciera: si no fuera por su llegada, ahora sería más chocante, egoísta y majadera de lo que ya soy. He de reconocer que desde que llegó, mi vida es menos aburrida que antes (no obstante, debo admitir que gran parte de la diversión que ahora posee es gracias a que la molesto mucho). Pero lo más importante: Kaxantah es, a pesar de todo, mi mejor amiga y la persona a la que más quiero, y puedo decir que, aunque a veces me den ganas de ahorcarla y colgarla, yo colgaría, mataría y asfixiaría a quien fuera por ella. Después de todo, también para eso sirven los hermanos, ¿o no?
Por Nikte Shiordia

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