¡Oh, los abuelos! Una persona común y corriente tal vez podría emitir una sonrisa bastante pronunciada con solamente escuchar la palabra: abuelos. Y es que, la mayoría de los abuelos no hacen más que consentir a sus nietos, malcriarlos aún más y ser cómplice de todas sus fechorías.
Los medios de comunicación tampoco ayudan mucho a cambiar ese estereotipo: en la mayoría de los comerciales, los abuelos son la buena onda; y no solo eso: los abuelos son tan afortunados, que tienen su propio día en el calendario y además, hasta las "dulces" ancianas tienen un dulce en su honor: Chocolate abuelita.
Si, sé que a lo mejor se preguntarán en qué me baso para insultar de esta manera a los pobrecitos ancianos. Tal vez opinarán que soy una amargada, cruel y despiadada joven con malas intenciones, y lo peor o mejor del caso es que no están del todo equivocados, pero antes de aventar el primer jitomatazo, me gustaría que entendieran mis razones.
Verán, es que por muy increíble que parezca, yo también he tenido abuelos; pero a diferencia de muchas personas, mis "experiencias abuelescas" no han sido precisamente las más gratas de mi vida. Para empezar, Fernando, el padre de mi padre, murió mucho antes de que yo pudiera ver la luz por primera vez, y aún antes de que mis progenitores vivieran juntos; como es obvio, esa muerte no me produjo traumas, ¡pero espérense!, aún no acabo.
Bueno, como decía, el abuelo Fernando fue el primero en irse. Su viuda, Josefina Cano Medina, quiso a todos sus nietos, y es posible que por mi sintiera un cariño especial, ya que, según mi madre, cuando yo era un bebé ella decía: "de todas mis nietas, ella es la más bonita…" Ustedes dirán: ¿y eso que tiene de catastrófico? Pues no tendría nada de malo, si no fuera porque se murió antes de que yo pudiera llamarla "abuela" por primera vez.
¡Pero no hablemos sólo de los abuelos paternos! Cuando yo estuve un poco más grande, vi a los padres de mi madre por primera vez a los cinco años en su casa de Cuautitlán de Izcalli. No volví a verlos sino hasta que tuve nueve años, y al poco rato mi abuelo Rafael murió de cáncer. Jamás conviví con él, y lo poco que sé de él es que fue mal padre y mal esposo, y por lo que llegué a ver, no fue precisamente el abuelo más cariñoso. Nada qué agregar.
Y el momento que tanto esperaban se acerca: paciencia, ahorita les diré por qué. Como ya saben, sólo sobrevivió la abuela Agripina, la mamá de mi mamá. Al principio, creí que era una persona neutral: ni muy buena, ni muy mala; de hecho, hasta llegué a creer que era más lo primero que lo segundo. Pero ¡oh sorpresa!, todo fue que mi familia y yo nos fuimos a vivir con ella a la casa de Izcalli, y el cuento de hadas se vino al quiebre. Para empezar: todos los días nos relataba las mismas historias, por lo menos cinco veces diarias; pude darme cuenta de que era "mocha", machista y racista; caminaba muy lento, dormía mucho, ayudaba poco, agarraba la comida con las manos poco después de hurgar su nariz, y lo principal: me odiaba, y ese coraje se volvió mutuo.
Esta visto que solamente conocí a una abuela, y no a cuatro, como debió de haber sido. Pero vivir todo un año con una persona así, en un lugar casi apartado del resto del mundo (a menos que desees gastar veinte pesos en un camión con la estación "La Z" a todo volumen), y con una vida terriblemente aburrida, deja traumado a cualquiera. Y es precisamente por eso, que les digo: "El león no es como lo pintan".
Por Nikte Shiordia
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