sábado, 31 de julio de 2010

La famila y los hijos. Más vale tarde que nunca

Familia…pues normalmente, cuando oímos la palabra "familia", llegan miles de ideas y/o pensamientos a nuestra mente: que si es la base de la sociedad, que la familia es amor, que es el tesoro más preciado…, etc. El problema es que muchas de esas ideas no son del todo nuestras, ya que quien casi siempre se encarga de transmitirnos esos pensamientos es la televisión, especialmente Televisa con su clásica: "la familia es un valor único, ¿tienes el valor o te vale?"

            No es que yo particularmente tenga algo en contra de la familia. De hecho, me atrevería a decir que en lo personal, creo que mi familia es de las pocas que aún conservan algo de tradicional: está compuesta por mi padre, mi madre, mi hermana y yo, cuando en la actualidad ya no es tan común encontrar familias así: la mayoría ahora se compone solamente de la madre y los hijos, sin la presencia del padre.

            Además, puedo presumir que en mi familia hay cierta estabilidad: si mi hermana o yo tenemos algún problema, nuest5ros padres siempre están ahí para escucharnos. Nuestros progenitores no son ni muy liberales, permisivos o consentidores, ni tampoco son golpeadores, exageradamente religiosos y restrictivos. Cuando hay alguna duda en nuestras tareas, recurrimos a ellos y casi siempre se aclaran, y si tenemos tiempo, salimos juntos aunque sea a caminar.

            Puedo decir que, en general, me gusta mi familia, y creo que sí cumple con los requisitos que se señalan en la televisión. Pero no todas las familias pueden hacer los mismos comentarios. Y ya que hablamos de esto, me gustaría mencionar algunos tipos de familias que me ha tocado conocer en persona.

            Existen las familias del tipo…¿cómo se les puede llamar? Yo les pondré "invertidas". Y no, no se trata de alguna especie de defecto genético, me refiero a la forma de gobierno: las familias "invertidas" serían aquellas en las que la sartén por el mango la tienen los hijos en lugar de los padres. Estos casos se dan por lo menos en la mitad de las familias. Principales características; el bebé, desde que nace, recibe todo lo que quiere; basta con estirar la mano para que le den; no importa la situación económica, si el/la niñ@ quiere toda la juguetería para Navidad o Reyes, habrá que hipotecar la casa o empeñar todas las joyas al Monte de Piedad. Y eso no es todo: si l@s crí@s quieren decir groserías, o golpear, o hacer lo que se les antoje, habrá que permitírselos.

            Existen las familias monogámicas (como creo, es el caso de la mía), bigámicas y poligámicas. Las dos últimas no son precisamente las mejores: muchas veces, hay que compartir al padre, a la madre, o, en el más extremo de los casos, a ambos progenitores. Hay que convivir con medios hermanos que posiblemente no se soportan entre sí y además de todo, poner tu mejor cara. Y si hay que luchar por una herencia, es muy probable que haya uno que otro muerto por ahí.

Y esto no acaba aquí: hay familias que parecen condominio de tantas personas que la componen y comparten el mismo espacio: el padre, la madre, los tres hijos, las parejas de los hijos, los hijos de los hijos, los padres de los padres y hasta los sirvientes, los compadres y las mascotas. Y por último, me parece que están las familias aisladas: no importa cuántas personas vivan juntas, todos parecen completos desconocidos: la madre trabaja todo el día, el padre está en todos lados menos en su casa, el hermano tal vez es drogadicto, la abuela sólo mete cizaña, la hija adolescente es lesbiana o bulímica…, ¡en fin!, familias hay muchas, pero definitivamente, la mía me gusta tal y como está. Digo, podría ser peor, ¿o no?

Por Nikte Shiordia

jueves, 22 de julio de 2010

Mis compañeros.

Compañeros…Pues, lamentablemente o afortunadamente, los compañeros están presentes en nuestra vida desde que nacemos hasta que morimos: cuando nacemos, las enfermeras nos cargan y dirigen hacia los cuneros, y allí, nos vemos obligados a compartir una misma habitación: ¿acaso es9 no nos convierte de alguna manera en compañeros de cuarto?

            Y eso continúa en la guardería: los niños comparten los cochecitos, los guardianes espaciales, las pelotas, o las figuras de acción de Superman, Spiderman o Batman, mientras que las niñas pelean por quién tiene al nenuco, el oso de peluche o la Barbie más bonitos (o al menos asó era a finales del siglo XX). De un modo u otro, independientemente del sexo o preferencias de cada quién, todos los niños tienen una misma cosa en común: las autoridades les prestan atención por igual y, como es lógico en el ser humano, no es normal jugar con dichos juguetes sin compañía.

            Y algo por el estilo sucede en todas las etapas escolares, sólo que los intereses cambian conforme a la edad: en el preescolar, se comparten los lápices de colores, las voltas de papel crepé, las plumas de ave que decoran nuestros dibujos y los crayones; en la primaria, los niños comienzan a compartir su comida, a hacer mezclas de Sabritas adobadas, Sangría y Danoninos (¡Guácala!), o, a veces, las niñas hasta llegan a intercambiarse los zapatos (y nuevamente, ¡guácala!); en la secundaria hay otro tipo de préstamos: los discos, las tareas, la ropa e incluso l@s novi@s; en la prepa, puedes ver individuos compartiendo las botellas de alcohol, los cigarros y los churros de marihuana; y por último, en la universidad, lo que más se comparte son los intereses (siempre y cuando los compañeros estudien la misma carrera, obviamente).

            Y las cosas no terminan allí: cuando terminas una carrera, y vas en busca de un empleo, es más que obvio que tendrás compañeros. Con algunos, tal vez puedas llevar la fiesta en paz, y con otros, habrá dos opciones: o intentas quitarle el puesto, o él (o ella, dependiendo el caso) te pisará los talones cada vez que le des la oportunidad. Otros simplemente no notarán tu existencia y otros serán tan invisibles que ni siquiera tú los sentirás. Y si tienes hijos, ellos crecerán, posiblemente te mandarán a un asilo y tú te verás obligad@ a convivir con ancianos que estarán en las mismas condiciones que tú, y que, por lo tanto, serán tus compañeros.

            Bueno, tal vez estoy siendo muy radical. Es probable que estos patrones no se repitan al cien por ciento, pero todo compañerismo, tanto escolar como laboral, todo, sin excepción, tiene algo en común: siempre habrá un líder, una autoridad: en los cuneros son las enfermeras, en la guardería son los educadores, en la escuela son los profesores, en el trabajo son los jefes y en los asilo, vuelves al comienzo, porque una vez más, te ves obligado a que las enfermeras decidan por ti, sólo que ésta vez no es un día o dos, sino semanas, meses o tal vez años.

            Y la otra regla es tal vez la más simple, la más obvia y al mismo tiempo, la más difícil de entender: todo en la vida es compañerismo, porque si no interactuáramos con otras personas, simplemente no podríamos llamarnos humanos. Esa es la cruel realidad: dependemos de la presencia de otros, porque si no, ¿qué crees?, enloquecemos; la vida sin compañeros simple y sencillamente es inevitable. Así que, aunque no lo deseemos, estamos destinados a trabajar en equipo y a convivir con los demás.

Aunque, si tú, querido lector, lo que deseas es saber lo que yo tengo que decir respecto a mis experiencias con los compañeros, pues en realidad no es mucho. Para empezar, no fui a la guardería, y por lo tanto no compartí juguetes; en el kínder, estuve muy aislada, y eso continuó en la primaria, a excepción de sexto año; en la secundaria, al principio convivía con los demás, y al final volví a aislarme; en la preparatoria he logrado aprender el significado de la amistad. Sin embargo, para mí AMISTAD no es lo mismo que COMPAÑERISMO; si me dan a elegir, prefiero mil veces lo primero.

Posiblemente todo lo que estoy diciendo sobre mí contradice la regla de la necesidad de interactuar con otros, y posiblemente se confunda el compañerismo con la amistad. Para ser sincera, en muchos aspectos, rechazo el compañerismo, porque en el paquete viene incluida la obligación de trabajar en equipo, y no miento al decir que casi siempre me van mal con eso, porque, invariablemente, el "EQUIPO" termino siendo yo. Además, el compañerismo para mí no es otra cosa sino el miedo a la soldad, como ya lo mencioné antes, el miedo a enloquecer, la dependencia, y con eso concluyo: ¿es realmente bueno el compañerismo? Después de todo, tal vez estar loco no sea del todo malo, ¿o usted qué opina?

Por Nikte Shiordia

sábado, 17 de julio de 2010

"Mis abuelos" Aquí lo tiene. Dije que se lo enviaría el sábado en la tarde y aquí está

¡Oh, los abuelos! Una persona común y corriente tal vez podría emitir una sonrisa bastante pronunciada con solamente escuchar la palabra: abuelos. Y es que, la mayoría de los abuelos no hacen más que consentir a sus nietos, malcriarlos aún más y ser cómplice de todas sus fechorías.

Los medios de comunicación tampoco ayudan mucho a cambiar ese estereotipo: en la mayoría de los comerciales, los abuelos son la buena onda; y no solo eso: los abuelos son tan afortunados, que tienen su propio día en el calendario y además, hasta las "dulces" ancianas tienen un dulce en su honor: Chocolate abuelita.

Pero, damas y caballeros, les tengo noticias: no todos los abuelos son tiernos y adorables. Si, esa es la realidad: los abuelos, ante nada, son seres humanos, y creo que todos sabemos perfectamente que tenemos defectos, y algunos son tan pronunciados, que nos los llevamos hasta la tumba. Así como también hay personas más mentirosas, desalmadas y crueles que otras, y eso, mis queridos amigos, no cambia con el transcurso de la edad. ¿Por qué digo esto?, simplemente para que no se dejen engañar por los estereotipos ni caigan en las trampas que tan ingeniosamente nos tienden los libros de cuentos o los programas de televisión.

Si, sé que a lo mejor se preguntarán en qué me baso para insultar de esta manera a los pobrecitos ancianos. Tal vez opinarán que soy una amargada, cruel y despiadada joven con malas intenciones, y lo peor o mejor del caso es que no están del todo equivocados, pero antes de aventar el primer jitomatazo, me gustaría que entendieran mis razones.

Verán, es que por muy increíble que parezca, yo también he tenido abuelos; pero a diferencia de muchas personas, mis "experiencias abuelescas" no han sido precisamente las más gratas de mi vida. Para empezar, Fernando, el padre de mi padre, murió mucho antes de que yo pudiera ver la luz por primera vez, y aún antes de que mis progenitores vivieran juntos; como es obvio, esa muerte no me produjo traumas, ¡pero espérense!, aún no acabo.

Bueno, como decía, el abuelo Fernando fue el primero en irse. Su viuda, Josefina Cano Medina, quiso a todos sus nietos, y es posible que por mi sintiera un cariño especial, ya que, según mi madre, cuando yo era un bebé ella decía: "de todas mis nietas, ella es la más bonita…" Ustedes dirán: ¿y eso que tiene de catastrófico? Pues no tendría nada de malo, si no fuera porque se murió antes de que yo pudiera llamarla "abuela" por primera vez.

¡Pero no hablemos sólo de los abuelos paternos! Cuando yo estuve un poco más grande, vi a los padres de mi madre por primera vez a los cinco años en su casa de Cuautitlán de Izcalli. No volví a verlos sino hasta que tuve nueve años, y al poco rato mi abuelo Rafael murió de cáncer. Jamás conviví con él, y lo poco que sé de él es que fue mal padre y mal esposo, y por lo que llegué a ver, no fue precisamente el abuelo más cariñoso. Nada qué agregar.

Y el momento que tanto esperaban se acerca: paciencia, ahorita les diré por qué. Como ya saben, sólo sobrevivió la abuela Agripina, la mamá de mi mamá. Al principio, creí que era una persona neutral: ni muy buena, ni muy mala; de hecho, hasta llegué a creer que era más lo primero que lo segundo. Pero ¡oh sorpresa!, todo fue que mi familia y yo nos fuimos a vivir con ella a la casa de Izcalli, y el cuento de hadas se vino al quiebre. Para empezar: todos los días nos relataba las mismas historias, por lo menos cinco veces diarias; pude darme cuenta de que era "mocha", machista y racista; caminaba muy lento, dormía mucho, ayudaba poco, agarraba la comida con las manos poco después de hurgar su nariz, y lo principal: me odiaba, y ese coraje se volvió mutuo.

Esta visto que solamente conocí a una abuela, y no a cuatro, como debió de haber sido. Pero vivir todo un año con una persona así, en un lugar casi apartado del resto del mundo (a menos que desees gastar veinte pesos en un camión con la estación "La Z" a todo volumen), y con una vida terriblemente aburrida, deja traumado a cualquiera. Y es precisamente por eso, que les digo: "El león no es como lo pintan".

Por Nikte Shiordia

 

lunes, 12 de julio de 2010

fusión

Fusión

Y la pequeña soñadora quiso llegar al sol, lo miró en el horizonte a punto de esconderse en el infinito, decidió correr hacia él, supuso que no podría alcanzarlo siguiendo un camino recto puesto que le sol se daría cuenta y temeroso huiría lejos de la curiosa pequeña, así que se dispuso a correr en zig zag despistando al altanero astro, comenzó su travesía sin mirar hacia atrás, en ningún momento se detuvo, y el sol sin darse cuenta de su seguidora, continuaba su camino con su característica indiferencia, la niña lo veía siempre a la misma distancia, teniendo la ingenua esperanza, de que algún día el sol volteara su faz y se mostrara dócil y complaciente con ella, esperaba que se detuviera y extendiera sus afilados e incontables brazos dorados para recibirla gozoso y amoroso.
    
     Sin embargo no sucedió nada de lo que la niña había esperado, el sol nunca se detuvo, la niña dejó de ser niña, se convirió en simple materia viva cambiante, sin más fin que correr, fomando con sus huellas la división del planeta, la niña fue joven, fue adulta, fue anciana, hasta que un día después de decenas de años de haberese atado con lazos invisibles al sol, la preciosa, dulce y necia niña cayó agotada en medio del desierto, vio cómo el sol dejaba de mirarla y se escondía detrás de las suntuosas montañas.

     La úlitma lágrima de aquellos ojos soñadores se derramó por el rostro de la pequeña y desaparecióen el ardiente suelo desértico, la niña ya no lo era más, ahora se había convertido en nada en cadáver seguro, cerró los ojos, esperando encontrarse con aquella bella luz que según había escuchado, era como fundirse con el sol; si no logró hacerlo en vida talvez muerta si podría.

    Pasaron horas, y ella no veía nada, más que las lejanas estrellas que se reunían a ver su desgracia, hablaban en secreto de ella y su  ingenuidad, sin una sola lágrima que hidratara su alma, la ahora decrépita anciana cerró sus ojos creyendo que jamás se volverían a abrir.

     Los vocinglerantes habitantes de la noche circulaban con normalidad, sin percatarse de la ahora ausente soñadora, pasaron las horas, días, semanas, hasta que el ligero y frágil pedacito de vida que quedaba en su interior, concentró toda la energía necesaria para permitirle ver a su amado por úlitima vez; ella miró por última vez y miró lo que siempre buscó, abrió los ojos y el sol la estaba mirando atentamente, como si hubiese sido una explosión de miles de colores, el sol extendió sus brazos y se apoderó de ella, su alma escapó de sus ojos y recobró su antiquísima apariencia, la dulce niña flotó con sus brazos extendidos y se fundió en la nada, en la eternidad, con la fiesta de colores fulgorosos que el sol había creado solo para ella.

     Y en la tierra, en el suelo, el cuerpo yerto se convirtió en opaco polvo que recorrió junto con el viento todo el planeta sin dejar más huellas, sin dividir a la Tierra y sin un alma que dirigiera su camino hacia la eterna  belleza.

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MATISS

jueves, 8 de julio de 2010

Mis hermanos. Perdone la tardanza, y también disculpe que lo haya hecho el doble de largo de lo que pidió.

Hermanos…creo que muy pocos están exentos de padecer esas pequeñas molestias que suelen causar los hermanos. Yo, por fortuna, solo tengo una, que para mi ventaja, es menor que yo. Recuerdo que cuando me enteré de que en mi familia habría un nuevo integrante, lo primero que pensé fue: "¡genial!, ya no estaré sola!", y es que los primeros cinco años de mi vida fui hija única, y al tener un padre trabajando casi todo el día, y una madre que sólo parecía tener tiempo para el quehacer doméstico, me aburría fácilmente jugando o haciendo lo que las niñas de preescolar comunes y corrientes hacían en aquellos tiempos: garabatear en los cuadernos, mirar "La hora de los chavos" en la televisión, jugar al "Estilista" con las muñecas de trapo o, en el mejor de los casos, inventar un cuento de princesas, brujas y muertos con las Barbies, que casi siempre terminaban descabezadas.

            Toda esa rutina me parecía tan tediosa sin compañía, que casi besé el suelo cuando supe las buenas nuevas. La noticia me agradó tanto, que ya hasta había decidido el nombre; si se trataba de una niña, yo quería que se llamara Fernanda, aunque algo me decía que iba a nacer un varón (tal vez mi instinto pesimista, que desde entonces ha sido mi más leal compañero). También recuerdo que a cada rato fastidiaba a mi mamá con la misma pregunta: "¿y cuando va a llegar el bebé?", y la respuesta siempre fue: "ya mero, hija, ya mero".

            Las últimas semanas de embarazo, mamá y papá decidieron contratar a una muchacha llamada Paula que resultó ser una pueblerina traída desde Guerrero que contaba con catorce años de edad; yo no sabía mucho de ella, a pesar de que era para mí una especie de nana, pero por motivos desconocidos, me agradaba su compañía, aunque nuestra relación no era muy buena: a mi me encantaba molestarla, y al parecer el sentimiento era mutuo.

            Hubo ocasiones en las que llegué a pensar que mis padres la querían más a ella que a mí, porque, independientemente de quién hiciera enojar a quién, ellos siempre abogaban por ella: "que déjala en paz", "que no la molestes", "Paula, no le hagas caso", "Nikte, no seas grosera", y ella, como es obvio, se salía siempre con la suya, y eso lo único que lograba era que me dieran más ganas de fastidiarla y así las cosas volvían a repetirse: era un eterno círculo vicioso.

            Pero volvamos a lo del bebé: los días previos a su tan esperado nacimiento, yo tuve que pasarlos en la casa de uno de mis tíos paternos, el cual tenía ya cuatro hijos grandes que me trataban como a su mascota: bueno, con decirles que a su perro Rottweiller llamado Sheriff lo trataban mejor. No supe cómo, pero el chiste es que mi tía –la mujer de mi tío –logró convencerme de ir con toda su familia (incluyendo su desagradable madre y su estúpido hermano) a Acapulco, y precisamente por esta razón, no pude ser de las primeras afortunadas en ver a aquella criatura recién nacida. Ese es un hecho que hasta la fecha lamento, pues además de haberme perdido lo mejor del momento, el viaje resultó ser una pesadilla que me dejó traumas que hasta la fecha no he podido superar; sin mencionar que desde entonces aborrezco Acapulco.

            Después de tan catastrófico viaje, por fin llegué a mi casa, en la cual ya estaban mi mamá, Paula, el bebé (que resultó ser niña), y algunos obsequios de Navidad que yo no había podido desenvolver porque estaba en el "fantástico" Acapulco. Lo primero que hice fue dirigirme a la cuna de la bebé, y fue cuando la vi por primera vez; he de admitir que su aspecto no me agradó del todo: para empezar estaba dormida, y no pude ver sus ojos (más tarde me enteraría de que eran de un color entre verde y gris, muy bonitos); su cabello estaba alborotado y su piel muy colorada, como si hubiera salido de una cámara de bronceado y no de un vientre materno. Mis padres decidieron ponerle Kaxantah, un nombre que no sólo era más extraño que el mío, sino que además estaba muy lejos de parecerse a Fernanda; poco después me di cuenta de que Fernanda era en realidad un nombre muy soso.

            Por esas fechas, mis padres corrieron a Paula, la cual antes de irse me regaló un pollito de peluche color rosa pastel que hasta la fecha conservo; fue ahía cuando descubrí que nuestra relación no había sido de todo mala, pero también descubrí que en realidad mis padres no la querían tanto como yo pensé; de hecho, en cuanto puso un pie fuera de la casa, oí que mis progenitores hablaban del insoportable olor de sus patas y de las misteriosas llamadas al futbolista Jorge Campos que ni él, ni mi madre, ni mucho menos yo, habíamos llevado a cabo. Esto sonará mal, pero enterarme de esas cosas me causaron un gran alivio.

            Pero no nos salgamos del tema, estaba hablándoles de MI HERMANA. Pues verán, los primeros años de su existencia, no pude evitar sentir celos, ya que ahora tenía que compartir a mis padres y eso no me gustaba en lo más mínimo. Además, no sólo eran mis padres, sino todo lo que yo poseía, y eso va muy en contra de mi comportamiento envidioso y egoísta. Por si esto fuera poco, las cosas que a ella le ocurrían terminaban afectándome a mí: si ella vomitaba en el taxi porque no había comido bien, su vómito invariablemente caía sobre mis vestidos, y en las fechas más especiales: ceremonias de clausura, bailes y una ocasión, casi me ensucia un vestido que me pondría para una boda. Sin mencionar que casi siempre, ella es la buena y yo la mala; esa comparación ahora me gusta, pero antes no era así.

Sin embargo, aunque muchos de mis corajes los he hecho por su causa, he de admitir que no me arrepiento de desear que naciera: si no fuera por su llegada, ahora sería más chocante, egoísta y majadera de lo que ya soy. He de reconocer que desde que llegó, mi vida es menos aburrida que antes (no obstante, debo admitir que gran parte de la diversión que ahora posee es gracias a que la molesto mucho). Pero lo más importante: Kaxantah es, a pesar de todo, mi mejor amiga y la persona a la que más quiero, y puedo decir que, aunque a veces me den ganas de ahorcarla y colgarla, yo colgaría, mataría y asfixiaría a quien fuera por ella. Después de todo, también para eso sirven los hermanos, ¿o no?
Por Nikte Shiordia

jueves, 1 de julio de 2010

Dónde paso mis vacaciones

Dónde paso mis vacaciones…pues, para ser honestos, una persona como yo no tiene verdaderamente muchas posibilidades en las vacaciones. Tal vez sea en parte mi culpa: nunca me he esforzado realmente por vacacionar por mi propia cuenta; dependo totalmente de la economía de mis padres para poder salir, y como está un tanto limitada, por lo mismo no salgo mucho.

               Realmente, no es que tenga algo en contra de viajar, sino todo lo contrario: una de mis prioridades es precisamente poder conocer el mundo; soy de esas personas que cree que entre más experiencias, mejor, y el conocimiento y la experiencia van tomados de la mano, además de que mi profesión lo requiere. Sin embargo, por ahora, mi dependencia económica hacia mis padres me limita en ese aspecto.

               Esto no siempre fue así; hubo un tiempo en el que mi familia y yo salíamos a provincia más a menudo, especialmente a Cuernavaca; solíamos frecuentar un sitio muy específico cuyo nombre no memorizo en estos momentos, pero guardo muy buenos recuerdos de aquel lugar: los hoteles en los que nos hospedábamos siempre tuvieron alberca, algo que a mí siempre me gustó porque invariablemente me sumergía en ellas, independientemente de que no supiera nadar, y me encantaba jugar e imaginarme todo tipo de cosas mientras permanecía en el agua.

También recuerdo el restaurante al que íbamos a comer: su nombre era Quiub-Ole, y un solo de comida podía alimentar a la familia entera, que estaba –y está –compuesta por cuatro personas: mi hermana, mis padres y yo. Otro detalle pequeño –aunque no por eso menos importante –eran las vacas: había un pequeño pueblito en el que se podían ver vacas a poco más de un metro de distancia, y algo que siempre me causó gracia fueron las caras que mamá ponía cuando las veía, y es que los bovinos le causaban pavor (algo irónico, porque ella ama los lácteos).

               Obviamente, hubo otros lugares a los que fu, y uno de ellos fue Acapulco, pero no me pareció tan genial como muchos opinan, al contrario: el único viaje que hice a Acapulco me hizo odiar las playas de por vida, por detalles que preferiría no mencionar. De esta manera, Cuernavaca y Six Flags son los lugares que más frecuenté en aquellos días y sin duda, mis preferidos: actualmente no puedo evitar sentir cierta nostalgia por esos viejos tiempos, que no se han vuelto a repetr desde hace casi diez años.

               No obstante, no vivo completamente aislada del mundo: cada que es posible, salgo con mi familia a caminar un poco: en un solo día, podemos caminar hasta cinco kilómetros, sino es que más, dependiendo a qué hora salgamos de casa; si salimos temprano, caminamos todo el día, y si nuestra salida comienza en la tarde, sólo caminamos un aproximado de cuatro o cinco horas, cuya equivalencia en kilómetros no podría precisar.

Y he de decir que no todo en mis vacaciones consiste simplemente en caminar: en vacaciones, mi familia y yo salimos cada fin de semana a pasear por el Centro Histórico; o a visitar museos de todo tipo, desde os más comunes como el Museo de Antropología o el Castillo de Chapultepec, hasta los más estrafalarios como el Museo de Ripley, el de Cera y la Expo-Vampiros y Hombres lobo del Museo del Policía; estos tres últimos y el Museo de la Tortura se han vuelto mis preferidos.

También paseamos por Coyoacán para comer nieves, esquites o tortas, vamos a la Gandhi de M. A. de Quevedo –otro de mis favoritos –a comprar libros, revistas y/o discos, caminamos por la Zona Rosa, vemos las películas de moda en el Cinépolis de Plaza Aragón –que a mi parecer, es una de las plazas más bonitas que existen –nos tomamos un café, o comemos en Los Bisquets de Obregón o en los restaurantes del Barrio Chino.

               En conclusión, puedo afirmar que aunque sé que i vida tal vez no sea la más divertida de todas, y que seguramente hay quienes se la pasan bomba en lugares a los que yo no he ido, creo tener algo que no cualquier persona tiene: que yo he aprendido a disfrutar de las cosas sencillas, tal vez no de la mejor manera, pero así es, y posiblemente, el mejor lugar para vacacionar puede resultar barato y cercano. Bueno, es sólo una opinión.

Por Nikte Shiordia