jueves, 3 de junio de 2010

Mi primer lectura

Recuerdo que mis primeras lecturas las llevé a cabo con la ayuda de mi madre. Contaba yo con cinco años de edad, etapa en la que precisamente, ya me enseñaban a leer en el colegio. Mi padre, para ayudarme con mi entrenamiento, optó por comprarme un libro titulado Un tesoro de cuento de hadas, que, como su nombre lo indica, era una colección de los cuentos más famosos de los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen, Charles Perault, Las mil y una noches, entre otros que eran menos conocidos. Aquel libro contenía ilustraciones, y su volumen era un poco más inferior al de la Biblia: su lomo medía cuatro centímetros de grosor, aproximadamente.

            Al principio, mi mamá fue la que se encargó de leérmelos antes de que me durmiera, para ver si de esa manera me interesaba en ellos y los leía por mi propia cuenta. El primer cuento que oí de sus labios –y de hecho, el primero que contenía aquel libro –fue el de Caperucita Roja; le siguieron Cenicienta, El Chícharo y la Princesa, Blanca Nieves y Rosa Roja, La niña de los cerillos, El gato con botas, Rapunzel y Vasilissa la Hermosa.

Más o menos por esos mismos días, había en algún rincón de nuestra casa, un pequeño libro de pasta color mostaza que se titulaba Mi libro de Historias Bíblicas, que mi papá adquirió cuando pertenecía al grupo de los testigos de Jehová y que, al igual que el libro de cuentos, también poseía ilustraciones. Mamá comenzó a leérmelo no tanto porque yo se lo pidiera, sino porque a esa edad, se me presentaron muchas dudas respecto de cómo era y de dónde provenía Dios.

            Con las historias que mi madre me relataba, comencé a interesarme por terminar de leer aquellos libros por cuenta propia. El problema del libro bíblico fue que sus letras eran muy pequeñitas, lo cual me hizo abandonar mi objetivo de concluirlo y preferí terminar solamente el libro de cuentos de hadas. Y es que, al contrario de aquel pequeño libro de educación religiosa, mi libro de cuentos, aunque voluminoso, poseía letra grande, separada y legible, lo cual hacía menos pesado mi entrenamiento, sin mencionar que sus ilustraciones se me hacían más atractivas que las del libro bíblico. ¿Y cómo no iba a ser así?, si mientras en el primero me mostraban la imagen de una hermosa princesa que asistía a un baile real, en el segundo se me exponía el dibujo de Adán y Eva sufriendo por haber devorado el fruto prohibido.

            Y durante aquella etapa de entrenamiento, esos fueron los libros que leí, especialmente el de cuentos de hadas. Sin embargo, las lecturas que hice las llevé a cabo siempre con la ayuda de mis padres. Además, algo que me sirvió de apoyo para comprender mejor el contenido de aquellas lecturas fue precisamente la televisión: durante aquella época, había un programa semanal que se encargaba de representar, con personas reales, los cuentos como Rapunzel o Cenicienta, y, durante las mañanas, se emitía una caricatura titulada La Biblia para niños.

Básicamente, en eso se basó mi educación literaria de aquellos años. Todas mis lecturas las realicé en mi casa, a veces sin la compañía o ayuda de nadie. Tal vez, de manera un poco indirecta, fue precisamente gracias a las historias que leía, que descubrí mi pasión por escribir, puesto que desde entonces, yo hacía mis propios cuentos de princesas. Por lo tanto, concluyo que leer tales cuentos fue, sin duda, un suceso significativo en mi vida, no sólo porque fueron mis libros entrenadores, sino porque prácticamente fue gracias a ellos que descubrí mi vocación.

Nikte Shiordia

No hay comentarios:

Publicar un comentario